Published: October 2019

El mundo musical todo, y no solo el de la música clásica, se ha quedado anonadado por la muerte imprevista de Jessye Norman, una de las vocalistas y artistas más impactantes de su generación. Imposible olvidar la prístina opulencia y el nítido poder de ese glorioso instrumento, el de su voz, cuando escuchada en directo. Voz aliada a una personalidad escénica magnética, casi imperiosa y siempre ganadora; una personalidad que transmitía tanto una pasión enorme y alegría en su oficio como así también una capacidad artística seria y consumada. El público sabía que ella conocía su habilidad y valía, y también que era muy autocrítica: se autoimpuso criterios muy rigurosos y esperaba lo mismo de otros.

Jessye Norman, detail from Jessye Norman: In Conversation with Tom Hall, Walters Art Museum
Photograph: Jati Lindsay Diva hermosa de cabeza a los pies, tenía los rasgos positivos y los ocasionales negativos de diosas como ella. Muy inteligente y dueña de una capacidad de expresión clara, fue una gran embajadora de la música a la vez que una persona extremadamente generosa e incansable hacia los artistas jóvenes, músicos, cantantes, bailarines y actores, particularmente con aquellos provenientes de entornos de poca afluencia económica y con aquellos descendientes de afro-estadounidenses. Sus actividades solidarias no estuvieron confinadas exclusivamente a las artes teatrales: fue una destacada defensora de organizaciones dedicadas a trabajar con gente con serias desventajas sociales por cuestiones de salud, de pobreza, de falta de instrucción y de oportunidades. Su apoyo comprometido en favor de estas causas, expresado con su voz rica y única, fue preciso, diplomático y nunca sensiblero.

Nacida en Augusta, estado de Georgia, Estados Unidos, tuvo cuatro hermanos. Su madre fue maestra y su padre, vendedor de seguros. La música formaba parte sustancial de la vida familiar. Desde muy niña, Jessye Norman ya cantaba en la iglesia baptista local y aprendía a tocar el piano. Según consta en sus biografías, desde la edad de 10 años comenzó a escuchar transmisiones radiales del Metropolitan Opera hechas con cantantes pioneras como Marian Anderson (la primera cantante negra que actuó en el Met), Mattiwilda Dobbs y Leontyne Pryce, quienes terminarían siéndole inspiradoras. Se presentó al premio Marian Anderson y, aunque no lo ganó, la exposición recibida la llevó a ganar la beca de estudios de la universidad Howard. Despuésde graduarse, aprendió el oficio en Europa y consiguió un contrato en la Deutsche OperBerlin, donde hizo un debut espectacularmente exitoso en 1969 como Elizabeth en el Tannhauser de Wagner. Su carrera más importante acababa de lanzarse. Su repertorio operático no fue convencional y quizás fue así porque su voz poseía registros,amplitud e intensidad extensas. Su voz fue claramente la de una soprano pero los registros medios y bajos, aterciopelados y poderosos, le permitían sentirse cómoda cantante papeles para mezzo-sopranos e , incluso, para contraltos.

En un principio, el público quizás supuso que ella seguiría los pasos de Price, Martina Arroyo, Grace Bumbry y Shelley Verrett en el repertorio verdiano e italiano pero, quitando Aída, Jessye Norman evitó casi todos los papeles verdianos de las etapas media y final, y los del repertorio romántico italiano, aduciendo que no empatizaba demasiado con los personajes. Sus primeros éxitos escénicos fueron los de la condesa Almaviva de Mozart y como Cassandra en ‘Les Troyens’ (‘Los Troyanos’), de Berlioz; este último el papel con el que debutó en el Royal Opera en 1972, con Colin Davis a la batuta, y con un elenco que incluyó a Josephine Veasey como Dido, a Jon Vickers como Aeneas y a Robert Kerns como Chorebus. Fue en este papel de Cassandra con el que hizo un debut tardío en el Met en 1983 (posteriormente, añadió el papel de Dido a su repertorio, en la misma puesta; sorprendentemente, su debut en la escena estadounidense había sido como Yocasta de Stravinsky el año anterior.

Sus otros papeles escénicos notables fueron los de Ariadne (Strauss), Emilia Marty (Janáček), Judith (Bartók), Madame Lidoine (Poulenc), Dido (Purcell) y la mujer en Erwartung de Schoenberg. Jessye Norman parecía sentir una afinidad especial por la música de Schoenberg, e infundía los textos con inflexión dramática. Su creatividad con los colores vocales y textos caracterizó su manera de cantar Lieder y su trabajo en conciertos. Nuevamente, el abanico de estilos de composición y de repertorio que ella abarcó fue enorme, y se sentía igualmente cómoda cantando spirituals del jazz.

Su legado de grabaciones es impresionante. Muchas obtuvieron premios significativos, Grammys incluídos. Quizás un ejemplo de su gran arte es la edición de las ‘Últimas Cuatro Canciones’ de Strauss, con Kurt Masur y la orquesta de la Gewandhaus de Leipzig. Cualquiera fuere la reacción de un oyente a los casi increíblemente expansivos tempos, en esta grabación encontramos innegables grandeza, desenvoltura y elegancia unidas a una sutileza interpretativa y dinámica.

Recibió muchos elogios y honores, incluída la Medalla de Oro (Gold Medal) de la Royal Philarmonic Society, e hizo presentaciones personales en acontecimientos importantes, como el del homenaje en 2001 a las víctimas del ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York. También, apareció en varios documentales sobre su trayectoria y escribió sus memorias. Como apunte muy personal, añado una actuación que ha quedado indeleble en mi memoria: las canciones orquestales de Strauss más una escena final abrasadora de su Salomé en el Royal Festival Hall, mayo 1986, con la LPO (London Philarmonic Orchestra) y la dirección de Klaus Tennstedt. Todos ellos conectaron entre sí y con el público de una manera especial esa noche… y yo casi no me he recuperado todavía de semejante experiencia.

 

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